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Crisol de los mares
Los dioses, pues,
han derramado su savia en esta tierra,
gacha y de geografías de climas imprecisos;
y abrazaron trigales y maizales,
como tiernos y abundantes templos de oro,
sobre la patria viril de las caballadas corajudas
que fundaron tus mástiles,
con su túnica de laurel celeste y blanco,
Argentina;
y ellos, los jinetes alados y lacónicos,
domando luengos y tristes caminos
semejantes a su soledad, ya duermen,
tal es así que duermen la Roma y la homérica Grecia.
Suspiras, pues, un país que soñó
el bello arco iris de las razas náufragas,
sangre de Ulises,
bebida por las venas abiertas de las pampas latinas.
Pues Ítaca se ha erguido, entonces, eterna y plana,
nutricia en fin, sobre los incas australes.
Y Ceres pudo asentar a su trono
en los llanos del silencio,
en misteriosa amistad con la trémula ciudad,
vibrante en su ardid de la piedra y del cemento.
Mas Neptuno ha intimado con tus orillas, plateadas de leyenda,
en el gran río forjado a cobre y azúcares mulatas,
como anchuroso cosmos de espesas aguas
deslizando su soplo de juncos y barrial.
En aquella pampa que estremece
a los espíritus dormidos de sus gauchos,
invictos y sacros entre las nubes ardientes de Diciembre.
Y el dulce paladar del tiempo sabe
acerca del son espaciado del río, donde los barcos
dejaron el hambre y la sed, y Babel atracó, pues,
en la tierra, exuberante de una pubertad de gorros frigios.
El aire, sí, es invisible en tu llanura, Argentina;
solamente
el rítmico sabor del pampero, el calor de la primavera
reventando las semillas,
ungidas en las manos del campesino.
Y a lo lejos el sol lanza los fecundos veranos,
erizando éstos, pomposos en la llanura, su cereal y su follaje,
y también riega a tu candente solar, Argentina,
al que las razas del mundo
siguen alimentando,
entregando a tu tierra sus huesos de mar.
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